Un callejón sin salida.
Sola. No contaba con nadie. Todo le daba vueltas y cada vez era más inevitable pensar que el problema estaba en ella. O, incluso, que el problema era ella. Estaba claro que la solución no era llorar, pero últimamente parecía la única vía de escape de todos los sentimientos y emociones que nacían en su garganta y que en ella quedaban reprimidos. Quién lo diría, de no haber llorado nunca en ninguna película de lágrima fácil y llorar en la vida real, más o menos, una vez al mes, a llorar todas las semanas e incluso varios días de una misma semana o varias veces en un día y tener que contenerse en el cine con el último estreno. Quién era. Qué le pasaba. Era un misterio. Lo que sí sabía es que estaba harta de estar mal y llorar por ello, llorar por estar cansada en sí y por no entenderse o no saber hacerse entender. Y que en su día pensara que los problemas relacionados con el amor eran los peores… qué ingenua. Bueno, quizá no tanto. Quién dijo que el amor se redujese al de pareja ...