Un callejón sin salida.
Sola. No
contaba con nadie. Todo le daba vueltas y cada vez era más inevitable pensar
que el problema estaba en ella. O, incluso, que el problema era ella. Estaba
claro que la solución no era llorar, pero últimamente parecía la única vía de
escape de todos los sentimientos y emociones que nacían en su garganta y que en
ella quedaban reprimidos. Quién lo diría, de no haber llorado nunca en ninguna
película de lágrima fácil y llorar en la vida real, más o menos, una vez al
mes, a llorar todas las semanas e incluso varios días de una misma semana o
varias veces en un día y tener que contenerse en el cine con el último estreno.
Quién era. Qué le pasaba. Era un misterio. Lo que sí sabía es que estaba harta
de estar mal y llorar por ello, llorar por estar cansada en sí y por no
entenderse o no saber hacerse entender.
Y que en su
día pensara que los problemas relacionados con el amor eran los peores… qué
ingenua. Bueno, quizá no tanto. Quién dijo que el amor se redujese al de pareja
y que no existiesen problemas con el amor hacia uno mismo o el amor de familia…
“El amor de familia, tan básico y que se da por
sentado, tan imprescindible y con el que empieza o acaba todo. Gracias al cual
te comes el mundo o por falta del cual el mundo te come. Es evidente que, aunque
parece que cuando uno se hace adulto se olvida de ello, los adolescentes e
incluso niños tienen problemas. Cada uno en la proporción que es capaz de
afrontar. Pero cuando tienes el apoyo de tu familia, la libertad de compartir
todos tus pensamientos sin miedo a ser juzgado, incomprendido o crear
problemas, su amor incondicional, un hogar sano, los problemas podrán superarse
y se podrá seguir adelante a pesar de ellos. Pero, ¿qué pasa cuando ni siquiera
se está bien en casa? ¿Qué pasa cuando el hogar deja de serlo y es otro campo
de batalla en el que te bates en duelo con los que más quieres sin poder
evitarlo? ¿Dónde queda el lugar de refugio y alivio? O, mejor dicho, ¿qué pasa
con las personas que hacían que el lugar donde regresas cada día a dormir fuese
como el vientre de tu madre donde todo era seguro y eras ajeno a todos los
problemas y todos los problemas eran ajenos a ti?”
Todo eso
pensaba y se preguntaba una y otra vez. Bien sabía la respuesta, pero era
inútil saberla sin sentirse capaz de solucionar las cosas y haciendo el
problema más grande cada vez que intentaba ponerle fin y, así, no poder callar todos
esos pensamientos ni dejar de sentirse identificada con ellos. Cuánta contradicción. ¿Es que no valoraba lo
que sus padres habían hecho y seguían haciendo por ella? Evidentemente no era
eso. ¿Es que creía que no le apoyaban y que no querían lo mejor para ella?
Tampoco. Simplemente se sentía en un callejón sin salida, en el que la única
forma de derribar el muro que le impedía seguir adelante era dejar K.O a las
personas por las que vivía y por las que moriría para después meterlas por la
fuerza en su mente y que pudiesen ver, de una vez por todas, todo lo que pasaba
dentro de ella, sin que el camino entre sus pensamientos y los de ellos
estropease el verdadero significado del mensaje. Qué sinsentido: hacer daño a las
personas por las que matarías, para no matar la relación, y con ella a sus
participantes.
La solución
parecía estar clara. Pero, ¿sería capaz de medir su fuerza y aplicarla en su
justa medida en el campo de batalla para que el remedio no fuese peor que la
enfermedad?
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